Rumores que lleva el Metro
Fernando Mora Meléndez Rumores que lleva el Metro 

Cuán regocijado se sentiría don Manuel Antonio Carreño si hubiera pisado el metro de Medellín. En su Manual de Urbanidad, de 1853, ya había escrito: “Cuidemos de no recostar nuestra cabeza en el respaldo de los asientos, para preservarlos de la grasa del pelo”. Se ve que pensaba en grande porque los hombres pasan, pero la grasa queda. “Las mujeres deben procurar no estar desaliñadas dentro de su casa, aunque realicen labores domésticas”. Eso también lo decía el visionario de don Manuel, que parece haber inspirado la Cultura Metro.

En la Estación Estadio un niño que venía de patinar fue detenido por los guardias que preservan el sagrado recinto. El chiquillo había perdido sus zapatos de diario y cómo no podía entrar en patines decidió hacerlo en medias. Claro está que esto es un acto sacrílego; y al párvulo (cómo diría don Manuel en impecable castellano) no le fue permitido acceder al tren. ¿Qué dirían los turistas que ahora nos visitan? ¡Que esta es una ciudad de niños pecuecudos! ¡Que aquí los infantes van en medias al metro sin que se les dé nada! Por fortuna el niño fue puesto a buen recaudo y debió irse a la calle a buscar al ladrón de sus zapatos.

Cómo se ve que la Cultura Metro está bien cimentada porque ¿Quién tendría mejores cimientos que nuestro metro? He aquí algunas muestras gratuitas que lo confirman:

Un cajero de banco había salido agotado de doblar el lomo todo el día, se tomó un par de cervezas en una tienda y, mientras iba a cruzar el torniquete de la entrada, un policía bachiller le advirtió: ” ¡El señor no puede entrar en ese estado!”. “¿Cuál estado, home?”, dijo él, en sano juicio. “En estado de ebriedad”, respondió el muchacho, picado de acné y estrenando bolillo. El asalariado dio vuelta atrás, con apenas quinientos pesos en el bolsillo. Se acercó a una buseta de Itaguí y cuando le contó al chofer su infortunio, este alcahueta lo llevó gratis. Inculto de Cultura Metro, este conductor que ni sueñe que algún día manejará el limpísimo tren metropolitano.

Al mismo tiempo un bebedor consumado, de cuyo nombre no quiero acordarme, se despertó en un vagón preguntándose qué hacía allí, quién lo había subido, de qué estación venía y hacia dónde iba. Era increíble cómo había burlado el olfato de los sabuesos, que no distinguen entre haberse tomado dos cervezas y estar jincho de la perra.

Mientras tanto nos han contado que en el metro de Moscú son los propios policías los que llevan a los beodos al vagón para evitar que conduzcan embriagados. ¡Habrase visto incultura!

También hemos sabido, de buena fuente, que desde sus comienzos son decenas los adoloridos que deciden acabar sus días en alguna estación del viaducto. ¿Es este un buen lugar para decirle adiós al mundo, después de un duro tren de vida? ¿Los atrae el frío de esas lozas, tan blancas como sepulcros? Todavía no se ha logrado establecer si los que se tiran a la vía ya vienen decididos o es un efecto de la música ambiental, la asepsia de hospital y las letanías del Gran Hermano, tipo: “El Metro lo lleva a su destino”. ¡Oh, destino fatal! Tal vez si hubiera una mota de polvo sin limpiar, un ricito de bebé, una huella humana, el suicida no se atrevería. Mientras tanto más vale ocultar esas tragedias que no consiguen sino manchar la hoja de vida del transporte masivo. La Cultura Metro prefiere hablar de cosas lindas como la higiene, no sentarse en el piso, alejarse de la franja amarilla y, sobre todo, de la prensa amarilla.

Un usuario nos contó que, mientras esperaba la llegada del vagón, orgullo paisa, autografiado por Botero, estaba contemplando, con agrado, las colinas del oriente de la ciudad desde un extremo de la plataforma, en San Antonio. Como no tenía afán dejó pasar dos trenes más. De inmediato se vio tomado de un brazo por el guardián que lo conminó a abandonar ese lugar, con el pretexto de que se estaba recostando demasiado en el muro. “¿No tengo derecho a ver la tarde?”, preguntó el muy cándido. “¿Cuál tarde, le contestaron, no ve que allí hay un vacío?”. Ante ese gesto intimidante, carcomido por el aburrimiento, este hombre confiesa que fue la primera vez que pensó en un suicidio. Se craneó hasta una frase final: ” ¡Adios, metro cruel!”.

Sería admirable que algún día el metro ya no tuviera que inocular sus mensajes por parlantes porque si esto sucede es porque la tal Cultura Metro no existe. A un hombre de cultura hindú, por ejemplo, no le tienen que escupir mensajes que refuercen su hinduismo porque es posible que ante esto él se haga el indio. A nosotros en cambio nos toca acatarla. La cultura es lo que queda después de haber olvidado todo, eso han dicho. Y subido en un vagón del metro nunca olvidaremos que estamos vigilados por el ojo Impecable del metro más limpio y más moderno de este lado del Atlántico.

Desde esa mirada ¡qué horrorosos resultan esos metros como el de Nueva York donde se puede ver a un judío comiéndose un muffin, al lado de un africano que escucha su música ancestral en una grabadora gigante! ¡Metros dónde la gente no guarda el debido silencio y conversan, cantan y bailan como en la vida real! ¡Cómo es posible que un yuppie de Wall Street se siente al lado de un yonqui enlagunado! ¡Y que una cansada secretaria vaya de tenis y lleve los zapatos de tacón en la mano! ¡Qué tan maleducados esos metros! Como el tren de palo de Buenos Aires, con sus lámparas ya viejas y ese traqueteo romántico tan sospechoso. O ese de México donde venden libros de segunda y escapularios de la Virgen de Guadalupe en los vagones ¡Qué mal gusto!

Por eso tenemos que conservar la Cultura Metro. Más aún, hay que reforzarla porque todavía es tolerante con el ciudadano. La gente entra a las estaciones sin saludar, por ejemplo. Si se reforma el reglamento hay que exigirle al usuario que se quite esa gorra por respeto antes de entrar al vagón. Que detrás de la línea amarilla realice una venia con genuflexión, y diga con fervor de patria chica: “¡Ave maría Metro, los que van a viajar te saludan!”. Una vez dentro se deben cruzar los brazos en el puesto y bajar la mirada como un gesto de humildad. Escuchar las letanías de la bocina con respeto y recitar la invocación ante los propios y extraños, sobre todo ante los extranjeros que son los que deben llevarse la mejor impresión. “Loado sea el metro porque nos lleva a todas partes. Benignísmo metro de plataforma enclarecida, jamás hollado por la pezuña del chicle y del grafiti. ¡Oh Metro inmaculado, orgullo paisa, que ninguna mugre te mancille, que seas para siempre el más desinfectado!”. UC

GAZA // Eduardo Galeano

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Palestina.Cartel de NOAZ.

GAZA

Por Eduardo Galeano

Para justificarse, el terrorismo de Estado fabrica terroristas: siembra odio y cosecha coartadas. Todo indica que esta carnicería de Gaza, que según sus autores quiere acabar con los terroristas, logrará multiplicarlos.

Desde 1948, los palestinos viven condenados a humillación perpetua. No pueden ni respirar sin permiso. Han perdido su patria, sus tierras, su agua, su libertad, su todo. Ni siquiera tienen derecho a elegir sus gobernantes. Cuando votan a quien no deben votar, son castigados. Gaza está siendo castigada. Se convirtió en una ratonera sin salida, desde que Hamas ganó limpiamente las elecciones en el año 2006. Algo parecido había ocurrido en 1932, cuando el Partido Comunista triunfó en las elecciones de El Salvador. Bañados en sangre, los salvadoreños expiaron su mala conducta y desde entonces vivieron sometidos a dictaduras militares. La democracia es un lujo que no todos merecen.

Son hijos de la impotencia los cohetes caseros que los militantes de Hamas, acorralados en Gaza, disparan con chambona puntería sobre las tierras que habían sido palestinas y que la ocupación israelí usurpó. Y la desesperación, a la orilla de la locura suicida, es la
madre de las bravatas que niegan el derecho a la existencia de Israel, gritos sin ninguna eficacia, mientras la muy eficaz guerra de exterminio está negando, desde hace años, el derecho a la existencia de Palestina. Ya poca Palestina queda. Paso a paso, Israel la está borrando del mapa.

Los colonos invaden, y tras ellos los soldados van corrigiendo la frontera. Las balas sacralizan el despojo, en legítima defensa. No hay guerra agresiva que no diga ser guerra defensiva. Hitler invadió Polonia para evitar que Polonia invadiera Alemania. Bush invadió Irak para evitar que Irak invadiera el mundo. En cada una de sus guerras defensivas, Israel se ha tragado otro pedazo de Palestina, y los almuerzos siguen. La devoración se justifica por los títulos de propiedad que la Biblia otorgó, por los dos mil años de persecución que el pueblo judío sufrió, y por el pánico que generan los palestinos al acecho.

Israel es el país que jamás cumple las recomendaciones ni las resoluciones de las Naciones Unidas, el que nunca acata las sentencias de los tribunales internacionales, el que se burla de las leyes internacionales, y es también el único país que ha legalizado la
tortura de prisioneros. ¿Quién le regaló el derecho de negar todos los derechos? ¿De dónde viene la impunidad con que Israel está ejecutando la matanza de Gaza? El gobierno español no hubiera podido bombardear impunemente al País Vasco para acabar con ETA, ni el gobierno británico hubiera podido arrasar Irlanda para liquidar a IRA. ¿Acaso la tragedia del Holocausto implica una póliza de eterna impunidad? ¿O esa luz verde proviene de la potencia mandamás que tiene en Israel al más incondicional de sus vasallos?

El ejército israelí, el más moderno y sofisticado del mundo, sabe a quién mata. No mata por error. Mata por horror. Las víctimas civiles se llaman daños colaterales, según el diccionario de otras guerras imperiales. En Gaza, de cada diez daños colaterales, tres son niños. Y suman miles los mutilados, víctimas de la tecnología del descuartizamiento humano, que la industria militar está ensayando exitosamente en esta operación de limpieza étnica.
Y como siempre, siempre lo mismo: en Gaza, cien a uno. Por cada cien palestinos muertos, un israelí.
Gente peligrosa, advierte el otro bombardeo, a cargo de los medios masivos de manipulación, que nos invitan a creer que una vida israelí vale tanto como cien vidas palestinas. Y esos medios también nos invitan a creer que son humanitarias las doscientas bombas atómicas de Israel, y que una potencia nuclear llamada Irán fue la que aniquiló Hiroshima y Nagasaki.

La llamada comunidad internacional, ¿existe?

¿Es algo más que un club de mercaderes, banqueros y guerreros? ¿Es algo más que el nombre artístico que los Estados Unidos se ponen cuando hacen teatro?
Ante la tragedia de Gaza, la hipocresía mundial se luce una vez más. Como siempre, la indiferencia, los discursos vacíos, las declaraciones huecas, las declamaciones altisonantes, las posturas ambiguas, rinden tributo a la sagrada impunidad.
Ante la tragedia de Gaza, los países árabes se lavan las manos. Como siempre. Y como siempre, los países europeos se frotan las manos.
La vieja Europa, tan capaz de belleza y de perversidad, derrama alguna que otra lágrima mientras secretamente celebra esta jugada maestra. Porque la cacería de judíos fue siempre una costumbre europea, pero desde hace medio siglo esa deuda histórica está siendo cobrada a los palestinos, que también son semitas y que nunca fueron, ni son, antisemitas. Ellos están pagando, en sangre contante y sonante, una cuenta ajena.

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hedgehog-goulash7:

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awwdish:

thestraggletag:

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submariet:

VAN EYCK

I lost it at the end.

Okay, I had to check out the Van Eyck thing. I was a bit in denial because, come on, every single person can’t look like President Putin!

There are no words to describe how wrong I was.

Reblogging this for my art history class this semester

buwhahaha

The art historian in me had to reblog this.